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Hoy recordamos a don Osvaldo Pos, un héroe de Orán

A continuación, en esta fecha tan cara para todos los oranenses en que le rendimos homenaje a nuestro héroe civil Don Osvaldo Pos, publicamos una producción del abogado Angel Stamelakos:

“Puse mi sillón de mimbre debajo de la planta de sopota. Quería gozar media sombra, del hermoso sol de la mañana. Se me antojó tomar unos mates cebados; pellizqué una tortilla a la parrilla que tenía a la vista. Me vino a la mente, la persona y la obra de Don Osvaldo Pos, quizá porque el día anterior había andado caminando por las calles de un barrio que lleva su nombre. Recién me di cuenta de que sabía muy poco del particular. Sentí vergüenza por esa falla. Dejé el mate sobre la mesita donde tenía el hierbatero, la pava y la tortilla, y salí rápidamente a buscar información...
Tras una ardua tarea, logré recopilar lo que aquí hago público, como un humilde y sencillo HOMENAJE A DON OSVALDO POS, ahora que dentro de unos días, se cumple un nuevo aniversario de su paso hacia la inmortalidad.

.....Corría el año 1.943, cuando él arribó a esta ciudad, trayendo a su padre Don Ángel Pos y a su madre Doña Marcelina Samaniego. Había dejado atrás a su pueblo natal, Villa Ángela provincia del Chaco (territorio nacional en esos años). Venía buscando un futuro mejor para él y los suyos, atraído por la inmensa riqueza maderera que existía en esta zona; actividad que él abrazó apasionadamente, con toda la pólvora de su juventud, pues contaba con 22 años de edad en aquellos momentos.

Se afincó en una vieja casona ubicada en la calle Carlos Pellegrini, entre López y Planes y Alvarado, sobre la vereda hacia el este, frente a las actuales oficinas del ANSES. Allí se domicilió hasta su muerte. Compartió la vivienda con la familia de Don Juan Mauricio Lacoste y con la familia de Don José Donat Isides. Mabel Lacoste, hija mimada de su familia, fue desde sus años mas tiernos, como una hermana para Osvaldo Pos, y así se comportó con él, durante toda su vida.


Era él un hombre amable, de un espíritu divertido, generoso en todo lo que estaba en sus manos proporcionar a los demás; era respetuoso y a la vez alegre y dicharachero. Tenía muchos amigos y con todos se había hecho querer. Pero su verdadera pasión, el mas grande de su vida fue su madre; él todo lo que decía y hacía, era pensando en ella y también en su padre. “En su vida, tuvo muchas novias, pero nunca una mujer”, porque murió soltero.

En esa lucha que no supo de claudicaciones, los sueños que tanto acarició Don Osvaldo, a veces se hacían realidad, y otras se alejaban de él, esquivos y mezquinos, provocándole desazones en su espíritu, desesperanzas en su alma, pero nunca se dejó abatir; siempre siguió adelante con su mente puesta en las cosas positivas, en la solución de los problemas.

Así pasaron diez años y llegó el día 2 de julio de 1953. Hacía mucho frío. Doña Marcelina se había levantado muy de madrugada como todos los días, a preparar el desayuno para su hijo, quien también muy temprano debía salir a trabajar. Ella, cuando estaba prendiendo el fuego en la cocina a leña, había notado que una urpila, es decir una paloma pequeña, se había asentado en el ramaje de un árbol añoso del fondo de la casa, lanzando su canto monótono y lúgubre y mirando insistentemente hacia la vivienda. Doña Marcelina sintió un escalofrío en todo su cuerpo, y un mal presentimiento se apoderó de ella. Al medio día regresó Osvaldo, y ni bien bajó de su camión, llamó con alegre voz a su madre, y la abrazó tiernamente, besando su frente como nunca lo había hecho. Ya en la sobremesa y en un descuido de su padre, le dijo en secreto, que se iría enseguida al ingenio San Martín, para comprar un regalo que entre los dos le harían a don Ángel, el día de su cumpleaños que caía el 4 de agosto. Doña Marcelina le quiso decir que no lo hiciera, le quiso contar lo del canto de la paloma, del mal presagio que para ella eso significaba, pero no lo pudo hacer, al ver el entusiasmo y la alegría del muchacho, puestos para regalar a su padre. Así fue que en horas de la tarde, salió de Orán, al volante de su camión “Chevrolet” 4 cilindros, acompañado por doña Pastora Sánchez, vecina de esta ciudad y amiga de Osvaldo y de su familia. Iban hacia el Lote Sarita a comprar un poncho catamarqueño de los vendedores ambulantes que estaban estacionados en ese lugar. La compra no se pudo realizar dado que los vendedores ya se habían ido a otro lugar con toda su mercancía.

Cuando volvía a Orán, divisó un ómnibus detenido en la banquina, con dirección hacia Pichanal; llevaba alumnas de la Escuela de Manualidades, que habían terminado sus tareas y regresaban a sus hogares. Paró para ayudar, y vio que el chofer y su ayudante, estaban echando nafta en el carburador, al parecer, para hacer arrancar al motor. Estaban manipulando un recipiente en el que tenían nafta.

El motor iba adentro, debajo del asiento del chofer. Osvaldo Pos entró al ómnibus para ver de cerca que hacían los muchachos y ayudarles; y en el preciso instante en que salió del ómnibus, se produjo una terrible explosión que mató instantáneamente al chofer don Nemesio Ruiz y a su ayudante.

Segundos después, se produjo un voraz incendio desde el motor hacia atrás. El vehículo tenía una única puerta de ascenso y descenso de pasajeros en su parte delantera. Como el núcleo de las llamas estaba allí, las alumnas no podían salir por lo que retrocedieron, en forma desesperada, pidiendo auxilio a grandes voces. Viendo Osvaldo Pos que la muerte de las niñas era un hecho si alguien no entraba a sacarlas, y no habiendo en el lugar ninguna otra persona a más de él que lo pudiera hacer, decidió ingresar al colectivo envuelto en llamas; ello, no obstante las súplicas para que no lo hiciera, de parte de su amiga, quien se había dado cuenta de que no podría sobrevivir, atento a la ferocidad del incendio que venía calcinando todo a su paso.

Osvaldo se desprendió como pudo de los brazos y de los ruegos de su acompañante y protegido sólo con una campera con un forro de piel de cordero y una bufanda, dando un salto de felino, se metió en medio de las llamas.

El cuadro que se le presentó a los ojos, fue dantesco, ya que el humo hacía irrespirable la atmósfera del lugar y no dejaba ver casi nada alrededor; los llantos eran ensordecedores y los gritos desgarradores, había cuerpos caídos por todas partes, y algunas niñas se estrellaban contra las ventanillas que no cedían y que además eran muy estrechas, tratando de salir de aquel infierno. Osvaldo arremetió con todas sus fuerzas contra la compuerta trasera del colectivo, que también estaba trabada, buscando abrir un escape. A duras penas e invirtiendo valiosísimos segundos, logró abrir un agujero suficiente para que un cuerpo humano pudiera pasar. De inmediato se volvió hacia las aprisionadas, y las fue sacando de una en una, apagándole con sus propias manos, el fuego prendido en sus ropas.

Cuando creyó haber sacado a todas, una de las salvadas que se había recuperado a medias de su desvanecimiento, se arrodilló delante de él, suplicándole que sacara a su hermana que había quedado atrapada en el interior del ómnibus. Las ropas de Osvaldo ardían como una tea encendida, y él pedía a su amiga que le apagara las llamas, porque sentía que se estaba quemando entero. La campera ardía pegada a su piel, lo mismo que su bufanda, ardía pegada a su cuello. Doña Pastora trataba de apagar ese fuego desesperadamente, sin lograrlo. Mientras esa alumna le pedía que salvara a su hermana, su acompañante le rogaba que no entrara de nuevo , porque ciertamente moriría. El se compadeció mucho de aquellas súplicas, pero pudieron más en su ánimo, los vehementes pedidos, los ruegos imperiosos de la chica y su amor sin fronteras hacia el prójimo, lo llevaron a despreciar su propia vida, y temblando de dolor y casi cayéndose de debilidad, reingresó a ese infierno y con un esfuerzo sobrehumano que sólo dentro de él podía caber, ubicó a la pasajera atrapada entre los hierros retorcidos por el fuego, caída sin sentido en el piso, cubierta por el denso humo y cercada por las llamas. La arrastró un trecho como pudo, con sus últimas fuerzas la alzó y la sacó afuera. Cuando él también puede salir, dijo con voz entrecortada: “estoy ciego, no puedo ver nada; se me han quemado los ojos”. Fue entonces cuando Pastora notó que el rostro de Osvaldo estaba totalmente desfigurado, que sus manos estaban deformadas y que de todo su cuerpo brotaban llamas. Con fuerte voz, él pedía que lo apagaran ¡ apáguenme que me estoy quemando !, decía. Pero su suerte estaba echada. Nadie lo podía ayudar. Las mujeres por él salvadas, estaban aterradas por lo vivido y más por verlo arder a él, como una antorcha humana. Nunca habían presenciado cómo un hombre se quemaba vivo. Su amiga mientras tanto, gritando enloquecida y llorando desesperadamente, levantaba del suelo tierra con sus manos y la tiraba sobre el que ardía; lo abrazaba con todas sus fuerzas, lo soplaba, lo envolvía y le pegaba con su abrigo; todo, tratando de sofocar el fuego, el que a duras penas y tras un estrago enorme, se apagó, dando comienzo así, al verdadero suplico de Osvaldo Pos. Su acompañante notó, que las carnes se les desprendían con facilidad, en el preciso momento en que él le pedía que lo ayudara a subir a su camión porque estaba afligido por las alumnas y quería llevarlas al Hospital de Orán. Su amiga llorando le decía que no lo hiciera, que no estaba en condiciones para manejar, que estaba ciego y muy lastimado en todo el cuerpo.

Él respondió que esas niñas no podían quedar a la deriva en medio del camino, que ello podría ser peligroso para ellas. Le dijo: ” Mientras yo manejo, vos indícame por dónde tengo que ir “. Le pidió que no se asustara, le prometió que todo iba a salir bien. Puso en marcha el camión y mas tarde lo estacionó frente al Hospital. Segundos después, perdiendo el conocimiento, cayó sobre el volante, con lo que la bocina comenzó a sonar continuamente. La gente comenzó a salir de sus casas, y los que iban pasando a mirar, porque creían que se trataba de una fiesta de estudiantes, ó de una manifestación juvenil.

Lo sacaron moribundo y lo internaron de inmediato. Agarrar y transportar ese cuerpo, fue algo terrible, pues se desarmaba donde quiera que se lo tocaba. Lo vendaron íntegramente, como una momia egipcia; lo único que dejaron libre fue su boca, que asemejaba un infinito agujero negro. El terrible olor a esa carne quemada, penetró tanto en las narices, en las manos y aún en las ropas de quienes trajinaron ese cuerpo martirizado, que muchos años después, todavía creían sentir aquel olor y percibir los últimos temblores del cuerpo agonizante. Sufrió infinitamente ese día con su noche, todo el día siguiente, con su noche, y falleció a las 6,00 hs. de la mañana del día 5 de julio de 1.953.

Una persona piadosa llegó a la casa de Osvaldo, para dar la infausta noticia a su madre. Doña Marcelina estaba en la cocina, con sus ojos cubiertos de lágrimas, cuando el recién llegado la vio. Pensó que ella ya sabía lo ocurrido, titubeó sin saber que decir, hasta que ella secándose las manos en su delantal, le preguntó con la voz quebrada: “ ¿ qué pasó con mi muchacho ? ¿ Qué le han hecho a mi hijito ?”. El amigo, rompiendo en llanto y abrazándola, le contó lo sucedido. Ella dio un grito, sintió que una espada le traspasaba el alma y cayó de rodillas, golpeando su frente en el suelo. Entre amargos sollozos, decía “Bien sabía yo, que algo así, iba hoy a sucederme”. Se arrepintió de no haber impedido a su hijo, realizar el fatídico viaje, de no haberle dicho nada sobre su mal presentimiento; se sintió culpable de la desgracia que alcanzó a su muchacho. Con grandes ayes y largos lamentos, estuvo a su lado hasta el momento mismo de su muerte. Su esposo, abrazándola le decía. “Ánimo viejita, tenemos que conformarnos, porque ésta ha sido la voluntad de Dios”.

Su cuerpo ya sin vida, fue recogido por sus padres que quedaron así, totalmente desamparados. En ese duro trance, fueron ayudados con toda generosidad, por doña Isides Mabel Lacoste de Acevedo y su esposo y por don José Donat y su familia. Fue velado en la casona que era el común domicilio de todos ellos. Los gastos que insumieron esas luctuosas ceremonias, fueron afrontados por éstos amigos de verdad, que supieron estar al lado de don Osvaldo Pos, de su madre y de su padre, en las buenas y en las malas. Nadie más se arrimó en aquellos difíciles momentos a consolar a esos pobres viejitos traspasados de dolor. No le hicieron ni siquiera las adolescentes salvadas a costa de la vida del muchacho, tampoco se hicieron presentes ninguno de sus familiares. Esto me trae a la mente, la ingratitud que mostraron los diez leprosos curados por Nuestro Señor Jesucristo, ya que de los diez que eran, regresó sólo uno de ellos para darle las gracias, el cual era samaritano, por lo que el Señor dijo ¿ Donde están los otros nueve, el único que ha vuelto a alabar a Dios ha sido este extranjero ?. Dos de esas sobrevivientes son las hermanas Guilú Cornejo y Betty Cornejo, que se domiciliaban en el Ingenio San Martín en aquellos años, y cursaban sus estudios secundarios aquí.

Debo destacar, que cuando Osvaldo Pos conducía su camión de regreso con su carga de estudiantes lesionados, venía manejando con el pecho y con los codos, pues sus manos estaban ya descarnadas y dejaban ver sus blancos huesos. El camión fue retirado del lugar, por don Valentín Z. Acevedo, quien se impresionó casi hasta la descompostura, al ver el volante cubierto con jirones de piel; algunos pedazos de carne y algunas uñas, caídas en el piso de la cabina.

A él lo llamaban “ Tumba tarritos “; y era por su costumbre ó entretenimiento que había tenido desde niño patear hasta volcar, todo tarro que se le cruzaba en el camino. ¿ Por qué lo pateas ?. Le preguntaban los transeúntes, y él contestaba ¡ Me gusta tumbar los tarritos !.

Lo enterraron en el cementerio local, como a un difunto cualquiera; sin ninguna ceremonia oficial ni mucho menos. Contó sólo con la presencia de sus seres mas queridos: papá y mamá, los Lacoste, los Donat y los Acevedo. A la distancia silenciosamente y transida de dolor, una multitud de vecinos de este pueblo, almas bien nacidas, le hizo el cortejo fúnebre. Eran aquellos que se habían percaptado de que el día 5 de julio de 1.953, había muerto un hombre, pero había nacido para la eternidad, el primer HÉROE CIVIL de la ciudad.

Su tumba quedó olvidada, nadie le puso una flor, nunca nadie le encendió una vela; nadie rezó por él, ni pidió por su alma. Las autoridades municipales, policiales, de gendarmería, los curas y todas las demás instituciones de la ciudad, dejaron esa tarea para los padres de Osvaldo Pos, y para aquellas familias que formaron su entorno, como una verdadera corona de amor. En esa tumba, hoy también descansan los restos de sus padres, que nunca se consolaron y que jamás dejaron de llorar su muerte.

Pasaron muchos años, y un día, alguien quitó el polvo que cubría su memoria, y le erigieron un monolito, tan insignificante y pobre, que casi no se lo nota; en él “generosamente”, la municipalidad local, colocó una pequeña placa recordando el sexto aniversario de su muerte. Luego, el barrio ”Parque de Orán” colocó otra placa, recordando los 10 años de su muerte. A los 13 años, la “Villa Centro Vecinal Osvaldo Pos”, colocó otra placa recordativa. En un pedestal aparte, en el año 1959, se colocó un retrato del HÉROE en bronce. Lo firma: R. Carrizo. Ese monolito está emplazado actualmente en el pasaje Sargento Cabral al 800. Antes lo había estado en la esquina de las calles Pizarro y Alvear. El nombre del Héroe le fue impuesto al Barrio Osvaldo Pos, no por iniciativa ni decisión municipal, sino por voluntad de los habitantes del mismo, a partir del año 1966, quienes reunidos en el Centro Vecinal Osvaldo Pos, tomaron esa decisión, que luego hicieron conocer a dicha autoridad. Presidía el Centro don Celio Salazar (padre del famoso Pitín); y don Jacinto Hipólito Ruíz, era el Vicepresidente. El intendente del pueblo era el viejito Bustamante, un gendarme jubilado y recientemente fallecido. Antes el barrio se había llamado “Barrio Vivero”, después “Barrio Parque” y luego “Barrio Osvaldo Pos”. La Escuela primaria Nº 228, pasó a llamarse “ Escuela Osvaldo Pos “. Se creó el 12 de abril de 1965 y se inauguró el 20 de agosto de 1965. Esto también fue por voluntad popular y por gestiones realizadas por el pueblo.

Cuando digo “pueblo”, me refiero a los habitantes de ese barrio, que abarca las manzanas comprendidas entre las calles Pizarro y Los Constituyentes y entre Pueyrredón y Arenales. No hace mucho tiempo atrás, se hizo presente aquí una comisión oficial de la Intendencia del pueblo natal del Héroe: Villa Ángela, Chaco, para conmemorar el 40º Aniversario de su muerte, habiendo sido invitados por el intendente de esta localidad.

Cuando dicha comisión regresó a su ciudad, decidieron poner el nombre de Osvaldo Pos a una de sus calles, en homenaje a ese Hijo Heroico, que en medio del dolor que su trágica muerte le provocó, los llenaba de orgullo el corazón. Así fue cómo esta comuna rompió un poco el hielo que había tendido alrededor de este Héroe Civil, a lo largo de tantos años de olvido y desinterés.

Es bueno decir aquí, que Osvaldo Pos fue un “guapo”, uno de esos guapos bien temidos y por todos respetado. Los mas jóvenes lo trataban de “Usted”. Se dirigían a él en forma ceremoniosa, por lo que él les decía: “no me traten con tanta solemnidad porque me hacen mas viejo de lo que soy. Esta fachada que ustedes ven en mí, es sólo una ilusión porque en el fondo soy un pibe como ustedes”. Usaba un sombrero negro alón y otras prendas del gaucho chaqueño que vivía en él. Era un hombre donoso y prolijo, aseado y pulcro en su persona; era bien parecido, es decir, buen mozo, un lindo muchacho. Los que lo conocieron dicen sin temor a equivocarse, que el famoso cantante conocido como el “chaqueño Palavecino”, es su vivo retrato. Se ha cuidado la gente al afirmar esto, de aclarar que no lo dice porque el personaje ahora forma parte de la cultura de la ciudad ó del imaginario popular, ni porque se haya convertido en un mito ó una leyenda, sino porque ésa es la verdad mas pura de todo lo que del Héroe se dice y se pueda decir.

Quiero dejar plasmado también en este escrito, que le hace vivir una experiencia muy especial a quien quiere recoger del público en general y de algunas personas en particular, los datos relativos a un personaje como del que aquí se trata, porque hay gente que sin saber nada del asunto, por no quedarse callada, inventa la información que proporciona haciendo mas difícil la tarea del recopilador, quien no sabe a ciencia cierta, cual versión creer, cual aceptar y cual desechar. Hay algunos que sabiendo lo que se quiere averiguar, se niegan a narrar los hechos, por mil motivos diferentes, no importándoles que queden en el olvido y en la nebulosa, inmensos tesoros de la cultura popular.

En esta tarea, busqué a un baquiano, quien me llevó a entrevistar a un testigo presencial que sabía al detalle lo que yo aquí, quería publicar. Cuando le pregunté que sabía sobre la persona y la obra del Héroe local Osvaldo Pos, me contestó que ciertamente, lo había conocido muy bien, que habían sido compañeros de trabajo y que desde hacían muchísimos años había dejado de verlo. Cuando le pregunté si sabía que él es un Héroe actualmente, me dijo que había escuchado un rumor sobre ese asunto, pero que no sabía la razón. Le pregunté si sabía que había muerto quemado por salvar a varias niñas, me respondió apesadumbrado que recién ahora se venía a enterar de eso, y se explicó enseguida la razón de que no lo veía hacía tanto tiempo. Le pregunté si sabía que estaba viviendo en el barrio que lleva su nombre, y me respondió que no tenía idea de que se trataba de la misma persona. Me retiré desilusionado y me fui a buscar otro testigo y otro baquiano.

A mí me han dicho, que un grupo de gente desubicada, pretende quitar el nombre de Osvaldo Pos, al barrio que lo lleva; son oportunistas que quieren perpetuar en el mismo, el nombre de algún politiquero, de otro traficante de influencias, de algún acaudalado comerciante, de un profesional de la mentira, de un obscuro profesor, de un encumbrado jerarca vitalicio de un organismo público, de un titiritero, de un falso profeta ó de cualquier otro héroe de barro, que nunca hicieron nada por nadie y siempre cobraron puntualmente sus sueldos, dietas, emolumentos, dádivas, coimas, etc.

Digo yo, que son sus propios habitantes y especialmente los que forman su “Centro Vecinal”, los mejores custodios del nombre de Osvaldo Pos para ese barrio; ya que cuando me arrimé a tomar los datos necesarios para esta publicación, faltó un tris para que me agarraran a pedradas; cuando los pude sofocar, me explicaron que había sido porque creían que era yo uno de los autores de aquella mala idea.

Los habitantes del Barrio que lleva su nombre, nos sentimos orgullosos de que el sacrificio sin límites a favor del prójimo y su nombre imperecedero, hayan traspuesto las fronteras de nuestra ciudad y de la provincia toda.

Cuando en las generaciones venideras alguien pregunte quien fue OSVALDO POS y qué fue lo que hizo para merecer que su nombre figure en lugares e Instituciones públicas, será hermoso que un hijo de esta tierra, como de su tierra natal, conteste embargado de emoción, que el hecho extraordinario realizado por Osvaldo Pos, lo ha sido en servicio del prójimo, que en él, se aunaron el propio martirio y la actitud altruista sublime, que su acción tuvo tintes trágicos y gloriosos, con alarde de inmenso valor y sobre todo, con desprecio de su propia vida; que él es entre nosotros, el mas vivo ejemplo de lo mejor. Que ese acto, demostró quien en realidad era OSVALDO POS y lo elevó al pedestal de los Héroes y lo hizo inmortal.

El presente trabajo, no es un estudio científico, ni un riguroso relato histórico de aquellos acontecimientos. Es sólo una inquietud, un deseo de plasmar por escrito, lo que del Héroe se cuenta por las calles de la ciudad, en las reuniones familiares y políticas, en los fogones, en las fiestas patrias y en todo el quehacer de la convivencia cotidiana de sus habitantes, por aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo, y por los que no lo conocieron también. Es con la intención de que Osvaldo Pos y su obra, nunca sean olvidados y brillen por siempre en nuestro horizonte, como un ejemplo grandioso, digno de ser imitado por cada uno , en los múltiples hechos que presenta la vida, y dentro de sus posibilidades.

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